Educación Funky

Este texto es una adaptación a un correo electrónico que envíe en el período de clases a un grupo de mis alumnos UVic de comunicación. Tengo tres grupos de trabajo de 40 alumnos cada uno, dos funcionan como he planificado, pero con uno de ellos no consigo que la dinámica del curso sea la esperada, y por eso este mensaje a este grupo en particular, que quisiera compartir (eliminando los detalles particulares) con nuestros lectores de digitalismo.
Quisiera hacer una reflexión en voz alta para todo el grupo. Ayer lo conversamos en clase ante los pocos presentes, pero considero productivo ampliar el debate. No estoy conforme con el funcionamiento del grupo. Como ya he expresado en varias oportunidades, mi filosofía de trabajo no será nunca obligar a los alumnos a asistir a clase, sino a potenciar vuestra propia automotivación para compartir ideas juntos. Percibo ausencia de ética del esfuerzo, donde el buen trabajo encarna la excelencia. Asumo mi parte de responsabilidad en todo el proceso. Puede que no esté trabajando correctamente e intentaré modificar algunas acciones en los dos meses que quedan de clases, pero percibo que tampoco existe interés en escuchar las ideas de vuestros propios compañeros.

El promedio de asistencia a clase de las últimas semanas no supera nunca el 25% de los alumnos matriculados. En la clase de ayer algunos compañeros debían exponer su Speaker Corner y sólo asistieron los alumnos a los que le correspondía exponer. Sólo ellos. No había nadie en clase que ya hubiera expuesto. Alumnos que van a clase sólo cuando deben exponer ellos y se ausentan cuando exponen sus compañeros. Las tareas diseñadas en clase no son para el profesor, sino para compartir entre alumnos. El aprendizaje es compartido o NO es. Pueden que no les guste su profesor, pero ¿tampoco les hace ilusión escuchar a sus compañeros?

(…) Una alumna me ha señalado en la clase de ayer que “necesitaba mayor motivación”. Error! La motivación no debe ser a propuesta de terceros, debe salir de vosotros mismos, sin que exista obligación alguna, ni exámenes, ni asistencia exigida, ni exposiciones. Sino ganas de crecer profesionalmente y de brillar. Yo estoy muy motivado con lo que hago, pero si me invitaran a jugar al golf (por decir una tarea que no me motiva), no podría pretender que el caddy me motive, porque aprender golf no está entre mis prioridades. Pero vosotros han elegido estar aquí y han escogido esta formación. La motivación debería ser anterior al inicio de mi curso. Eso he intentado analizar en las primeras dos sesiones de clase (la presentación cabecera es la sesión introductoria), pero la motivación siempre es automotivación o no es nada, y nunca debe estar basada en las obligaciones que un profesor impone. Estoy convencido de ello en base a más de 15 años de experiencia docente universitaria en varios países.

Creo que la educación formal ha hecho un gran daño en algunos de vosotros, que están convencidos que ir a la universidad es “ir a aprobar” y “pasar de año”. Nada más equivocado. La mejor experiencia académica es la de compartir las ideas entre vosotros, cuestionar la autoridad del docente, descubrir, pensar/hacer en los bordes de la disciplina, diseñar redes profesionales y ganar en visibilidad, entre otras acciones que nada tienen que ver con aprobar o suspender. Hasta algún estudiante me ha llegado a decir que “hacer 100 tweets en 3 meses era mucho trabajo.” Una verdadera ética del esfuerzo trasciende la anecdótica tarea de construir vuestra voz y visibilidad en las redes sociales. Un estudiante de comunicación debería hacerlo sin que siquiera yo se lo pida.

Soy un convencido que las universidades deben innovar sus estrategias de enseñanza, su diseño curricular y hasta el diseño físico de los espacios, para facilitar un nuevo tipo de interrelación con los alumnos que privilegie la pertenencia, potenciando el trabajo en equipo, la autoformación y la formación continua. Pero también los propios estudiantes deben cambiar su actitud y mentalidad. Transformar la cultura de la queja en ética del esfuerzo. Existen alumnos que viven su proceso universitario como una estrategia de supervivencia bajo el mínimo esfuerzo. Otros alumnos basan su experiencia en el deseo de autoconstruirse y de emprender, más allá de las evaluaciones rutinarias. Como analiza Blum (2009), los estudiantes arrastran como un enorme peso el proceso de la evaluación y pierden de vista el objetivo de aprender en base al ensayo y error. Así, su principal meta es aprobar, y limitan al mínimo la interacción real y extracurricular con los profesores en pos de ese objetivo. Y allí creo que radica el principal problema en nuestra experiencia académica. Ojalá haya tiempo para cambiar! Seguiré sin obligarlos a venir. Pero desearía que asistan por voluntad propia y que lo hagan con compromiso y voluntad de participación. Ojalá lo consigamos, juntos.