Entrevista a Rossana Reguillo

Para los que hacemos Digitalismo (Hugo Pardo Kuklinski y un servidor) es un gran honor y placer publicar esta entrevista a Rossana Reguillo, una de las investigadoras más reconocidas de América Latina no sólo por sus aportes académicos sino también por su compromiso político. Desde hace años Rossana nos orienta con reflexiones y análisis fundamentales para comprender las culturas urbanas, la vida cotidiana y la subjetividad. Temas como la “construcción social del miedo”, la violencia que se vive en las sociedades contemporáneas o los problemas de los jóvenes están al centro de su agenda de investigación.

Docente e investigadora en ITESO (Guadalajara), Rossana Reguillo ha sido profesora visitante en numerosas universidades (entre ellas la NYU, donde me encuentro escribiendo esta introducción) y deja caer sus reflexiones de manera cotidiana en las redes sociales. Desde ya agradezco su disponibilidad para responder a las preguntas, esperando que ustedes disfruten de sus respuestas tanto como yo. Como podrán ver, cada respuesta de Rossana está bordada con filosos diagnósticos, utilísimas reflexiones conceptuales y novedosas propuestas de investigación.

CAS: Ser joven nunca fue fácil. Las formas de constitución de “lo joven” varían a lo largo del tiempo; cada generación es joven a su manera… En el 2012 publicaste el libro Cultura Juvenil. Formas políticas del desencanto. ¿Cómo se construyen las identidades juveniles en la sociedad contemporánea? ¿Por qué hablas de “desencanto”?

RR: Ser joven nunca fue fácil, es cierto; pero me parece con los datos a mano, que hoy es especialmente difícil, se cierran cada vez más las posibilidades de acceso para millones de jóvenes. La falta de empleos de calidad, el embudo en el que se ha convertido la educación, en el que tienes un ingreso altísimo en la primaria, hasta llegar a cifras alarmantes –por lo bajas-, en la universidad, sumado al endeudamiento estudiantil en muchos países. Análisis aparte requieren las violencias (en plural) que marcan los territorios juveniles, donde el asesinato y el suicidio se convierten en causas principales de muerte entre los jóvenes. La pobreza define en buena medida las biografías y trayectorias juveniles en muchos países y regiones del mundo; desempleo, precariedad, inseguridad y criminalización de la juventud y la pobreza, hacen parte de la experiencia cotidiana y subjetiva de millones de jóvenes. Con este panorama, al que podría añadir cifras terribles, no es difícil imaginar que la subjetividad está atravesada por el “desencanto”, una expresión que engloba a la indignación, la rabia, la tristeza, pero que al mismo tiempo, al colocarla junto a la dimensión política, recupera o intenta recuperar la agencia de los actores juveniles, las múltiples formas en las que a través del arte, la música, el grafitti, la creación de colectivos, la participación itinerante en distintas causas, se involucran de manera activa con la realidad.

El libro al que aludes fue pensado y escrito por primera vez en el año 2000. Venía en ese entonces de un largo e intenso trabajo de campo entre diversos grupos de identidad juveniles, formas distintas de agregación (me niego a llamarlas “tribus urbanas”, porque es una noción que pese a su alto impacto mediático, es pobre como dispositivo de investigación e interpretación y especialmente porque tiende a ocultar las desigualdades de clase, de género, de capitales). Tanto la etnografía en distintos países, como situaciones en las que se volvía visible el sujeto juvenil, me permitieron dar cuenta de esas estrategias múltiples  a las que las y los jóvenes acudían para mantener lo que quisiera llamar un “desencanto activo”.

Muchas cosas pasaron en la primera década del Siglo XXI y me desplacé a otros enfoques y modos de entender a los actores juveniles; seguí de manera atenta el modo en el que las transformaciones sociales impactaban los universos juveniles; su hartazgo frente al sistema, las condiciones que agravaban y los colocaban frente a lo que quisiera llamar desventajas acumuladas, sumadas a nuevas desventajas, como por ejemplo la eufemísticamente llamada “flexibilización laboral”, que no de manera exclusiva pero si de manera importante, convirtió a las y los jóvenes en un ejército inerme frente a las políticas del neoliberalismo predador. Minimalismo de la política social frente al maximalismo del brazo policiaco y represor del Estado, se convirtieron en una “pinza”, en una máquina de hacer la guerra contra muchas y muchos jóvenes en situación precaria y hoy, contra los activistas, como hemos podido ver en Egipto, Turquía, España, Estados Unidos, México, Chile, por citar algunos ejemplos emblemáticos de la represión hacia los jóvenes.

En ese contexto, Siglo XXI, Argentina, un país que ha sido clave para mi proceso intelectual y político, me invita a re-publicar el libro actualizándolo. Acepté porque considero que es un texto que arma el mapa de un momento largo de la historia de lo que significa ser joven, especialmente en América Latina (pero no sólo) y, actualicé datos, añadí un capítulo que pretende ser el gozne entre el fin del Siglo XX y el comienzo del Siglo XXI. Era una manera de no perder de vista la discusión, los mapas, los análisis y la posibilidad de tender puentes hacia lo que ha venido pasando. Hoy, me encuentro preparando nuevos materiales, que incorporan las tecnologías digitales, la web 2.0 y las redes sociales, procesados por la experiencia como investigadora de tantos años en estos territorios. A partir de estas investigaciones recientes, puedo decirte que este “desencanto” muta en los tiempos actuales a la esperanza que surge de la adversidad y a la transformación de la experiencia subjetiva que se alimenta en buena medida de la irrupción de lo que Javier Toret y otros analistas y militantes del 15M, llaman la “tecnopolítica”. Hay tanto por decir que las palabras faltan.

Red de difusión de la fase de explosión del #15M. Realizado por Pablo Aragón (fuente)

CAS: Siguiendo con el tema… ¿Hasta dónde no están globalizadas estas identidades? Ciertas subculturas juveniles –a menudo construidas alrededor de una música, como los rastas, raperos o góticos- tienen alcance planetario. ¿Hasta dónde ser joven es México es diferente a serlo en Corea o Italia?

RR: Que interesante pregunta, pocas veces tengo la oportunidad de desmarcarme de la noción de “subculturas”, que encuentro profundamente eurocéntrica, occidental, positiva. Nunca he pensado que las adscripciones identitarias de ningún grupo (de jóvenes o no), constituya una subcultura, porque me parece que eso sería jerarquizar el espacio de las identidades culturales y asumir que efectivamente hay “una” cultura y lo que no cabe en sus límites y fronteras, está destinado a una posición sub- alterna. Pero en realidad lo que me preguntas es otra cosa.

Claro que las identidades y no sólo de ahora, no son nunca ni de manera exclusiva “nacionales”,  referidas a un grupo “etario”, “étnico”, las combinaciones y articulaciones son muchas, diversas y en distintos planos. Pero indudablemente la globalización, a la que prefiero llamar mundialización, para depurar un poquito las connotaciones económicas y de mercado del término “globalización”, ha jugado un papel absolutamente relevante en el modo en el que las y los jóvenes encaran los procesos de asunción subjetiva y objetiva de sus adscripciones identitarias. El papel de las industrias culturales y los medios de comunicación, son fundamentales en este proceso; pero hoy de manera ineludible el papel de la web y las redes, acelera y aumenta la posibilidad de intercambios culturales.

Ya desde finales del Siglo XX era posible detectar y analizar el modo en que las y los actores sociales –rompiendo las costuras a lo programado-, conectaban con imaginarios, con estilos, con modos de entender el mundo que trastocaban la cotidianidad. En el caso que nos ocupa, colectivos de jóvenes grafitteros que compartían consignas, letras, estilos con otros colectivos ubicados en distintas latitudes del planeta. Pero no sólo eso, con la mundialización (tecnopolítica), se hizo posible compartir utopías, revueltas de la imaginación y toda una larga lista de modos de sentir, pensar y actuar frente a los problemas que afectan a todos. Entre las y los jóvenes, esto ha sido especialmente importante: su conciencia planetaria se ha expandido de maneras insospechadas y su interés y habilidades (impresionantes) para la conversación colectiva no tienen comparación con otros momentos de nuestra historia contemporánea.

Sin embargo, me parece, quizás aquí habla mi “antropóloga profunda”, me parece que la condición local, la cultura, la historia, las formaciones históricas y socioculturales específicas, son un asunto clave que no debemos desestimar. No, no es lo mismo ser joven en Corea que en España, ser joven en el campo que en la ciudad, la etnicidad sigue jugando (pese a que no lo queramos ver), un papel relevante en la configuración de la experiencia cotidiana. El tema es muy complejo y admite en ese sentido múltiples respuestas; sí, identidades “globalizadas” y muchos túneles visibles e invisibles de comunicación y contagio, pero al mismo tiempo, especificidad histórica y contextual. Tienes ahora Turquía y Brasil, ambos movimientos comparten redes, sufren el mismo acoso y brutalidad policiaca, pero las experiencias y capitales locales, siguen haciendo una diferencia. Sigo creyendo que el “locus” es una dimensión constitutiva de la experiencia política y comunicativa, al igual que la experiencia del tiempo propio. En otras palabras, pueden escuchar la misma música, usar la misma ropa, tener el mismo dispositivo electrónico, pero la  configuración subjetiva de las identidades tiene un importante anclaje en las culturas locales.

CAS: En tus reflexiones estás muy atenta a las nuevas formas de hacer política; al mismo tiempo, tienes una presencia muy activa en algunas redes sociales como Facebook y Twitter: ¿Cómo ves la relación entre estos dos fenómenos? ¿Hasta dónde las redes sociales digitalizadas son la base de movimientos como los indignados españoles o el #YoSoy132 en México? ¿No networks, no party?

RR: El tema me tiene desvelada y ocupada. La velocidad e intensidad y la estratégica centralidad de las redes, son un asunto nodal en los nuevos movimientos sociales, no puede ser ignorado, ni desestimado, al mismo tiempo su análisis, exige una resistencia crítica a pensar las redes como un fin, con el riesgo de convertirlas en un fetiche en el sentido que da Marx a la noción, es decir cuando el objeto parecería tener una voluntad propia, diferente a la de sus productores. No es posible, sin duda, entender todas estas nuevas emergencias de Tarhir a #YoSoy132, al margen del papel que las redes han  jugado y siguen jugando.

Confieso que me gusta más el Facebook que el Twitter, quizás porque me inicié en el primero y el “feis”, como se dice coloquialmente, me genera la sensación de poder conversar, disentir, armar procesos, construir comunidades de hablantes, incluso comunidades afectivas a lo Williams; mientras que el tw, me parece que es más difícil conversar. Pero no se trata aquí de mis gustos personales.

Hay una economía política en el Tw que lo vuelve un medio muy relevante para lo que Castells llamaría la “autocomunicación de masas”, para enlazar voluntades. Con los análisis que tengo hasta este momento, puedo ya afirmar que esos movimientos han sabido articular lenguajes, estrategias, tonos, frecuencias y sentidos en el uso de estas plataformas (como los blogs y las páginas o sitios que van creando). Me resulta fascinante la facilidad, destrezas y agilidad con la que se desplazan por las distintas plataformas y la capacidad que tienen para potenciar cada uno de estos medios, haciendo combinaciones variables, por ejemplo, un  “tuit”,  para hacer circular un enlace en un sitio web; o un sitio web donde es posible ir siguiendo en tiempo real, los “tuits” que van apareciendo sobre un tema; o la creación de un “evento” en Facebook, para encontrarse en determinada plaza y lanzar desde ahí un enlace directo a un ustream o livestream. Todas estas combinaciones los vuelven muy fuertes y muy rápidos, están usando la red como un sistema de paso, con trayectorias abiertas que se intersectan en algún punto. Es importante sin embargo, considerar que la potencia de estos movimientos ha sido, es, la mezcla de la calle y la red. Los cuerpos en la plaza dan forma al movimiento, es fundamental, pero como he sostenido a lo largo de mis investigaciones sobre estos temas, sostener la adrenalina que exige mantenerse en el espacio público es muy costoso, hay tiempos de repliegues estratégicos; la diferencia hoy, la  marca la red, salir de la calle, no significa dejar de discutir, de pensar, de hablar con otras y con otros, de construir utopías colectivas.

CAS: Desde hace años en la semiótica se discute sobre los procesos de mediatización política (pienso sobre todo en los aportes de Eliseo Verón). Inclusive se han realizado eventos a nivel internacional, como el Pentálogo CISECO 2009 en Brasil, dedicados exclusivamente a la construcción de las figuras presidenciales. ¿Hasta dónde las redes sociales, con su modelo de comunicación many-to-many, pueden configurar un modelo alternativo a la ya clásica gestión massmediática, con su modelo one-to-many o de broadcasting, del espacio político?  

RR: Me parece que el espacio público está sufriendo transformaciones aceleradas. Me referí antes al riesgo de convertir las redes en fetiches y eludir la pregunta por las configuraciones y los usos. Los políticos empiezan a comprender el poder las redes y cada vez es más frecuente que acudan a los expertos, a los gestores de perfiles públicos; a su vez esto ha derivado en una incipiente profesionalización del marketing político que empezó con el diseño de campañas y que hoy abarca el manejo de redes (este es un tema complicado para las universidades). Recuerdo un texto interesantísimo de Beatriz Sarlo, llamado “Estética y postpolítica: un recorrido de Fujimori a la guerra del Golfo”, es un texto de ¡1995!, nadie imaginaba entonces la velocidad de los cambios que intruduciría la web. Ahí, la autora, si mal no recuerdo partía de una pregunta clave, “¿qué sucede con el espacio público cuando es ocupado por la mediatización electrónica?”. Tu pregunta me remitió casi de manera automática a ese texto de Sarlo, porque me ayuda a pensar que los dispositivos digitales no están exentos de retóricas y de intereses. Obama, es quizás el ejemplo más acabado de una carrera hacia la presidencia desde y a partir de las redes sociales.

Pero de otro lado, es fundamental reconocer que la principal transformación que han posibilitado las redes de cara a la democratización del espacio público, es desestabilizar los lugares de enunciación legítimos y han cambiado las reglas de la producción de contenidos y circulación de la comunicación; es muy alentador ver a tantos jóvenes y no tan jóvenes, convertidos en autores, en periodistas. Podemos afirmar que del one-to-many, hemos pasado al broadcast yourself, y eso es verdaderamente un avance hacia la democratización del espacio público.

CAS: Lo confieso: para muchos internautas entre los que me incluyo te has convertido en una especie de corresponsal en México. Seguimos con atención tus posts y crónicas sobre lo que está pasando en tu país. ¿Cómo se posicionan las ciencias sociales de frente a un escenario marcado por la violencia cotidiana, la militarización y la corrupción? ¿Necesitamos nuevas categorías analíticas para comprender estas situaciones? ¿Son adecuadas algunas categorías que circulan por los pasillos académicos y periodísticos –como “Estado fallido”- para describir la situación actual?

RR: ¡Agradezco tu confesión! Soy consciente y me hago cargo de que mi muro de facebook (que combino con otros espacios como mi propio blog y el que coordino para Nuestra Aparente Rendición) y en menos medida mi Twitter, son de alguna manera referencia para estudiantes y algunos colegas o periodistas de otras latitudes. Es una responsabilidad que asumí y que me parece importante cultivar. La situación en México es muy difícil en estos momentos; primero y manera contundente tienes la crisis de confiabilidad en el sistema político-partidista, la distancia abismal entre la ciudadanía y el poder instituido; luego tenemos la violencia vinculada al crimen organizado (narcotráfico, trata de personas, la industria del secuestro), que controlan grandes franjas del territorio nacional, así que sí, la expresión “Estado fallido” es una categoría adecuada: basta asomarse a lo que sucede en Tierra Caliente en el estado de Michoacán, o grandes territorios en la larguísima frontera con los Estados Unidos.

Me esfuerzo cotidianamente para encontrar categorías que nos permitan comprender de una manera más efectiva y clara lo que sucede. He acuñado nociones como “para-legalidad” para referirme justamente al campo de acción del “narco” que opera no en oposición ilegal frente al Estado, sino de manera paralela, creando estructuras, códigos, órdenes socioculturales y económicos; o la de “narco-máquina”, para dar cuenta del modo de su operación criminal. Indudablemente los desafíos son muchos y exigen un trabajo sostenido y cuidadoso; me parece que estamos lejos aún de comprender a fondo lo que sucede. La tarea es construir andamiajes teórico-metodológicos mutidimensionales, interdisciplinarios, con fuertes anclajes empíricos. Frente a este tema y frente a otros que trabajo, me parece que el reto es el de mantener la tensión entre la eficacia teórica y la solvencia empírica.

CAS: En mi libro Hipermediaciones (2008) traté de describir las tensiones que se establecen en el discurso científico anglosajón (empirista, cuantitativo, aséptico) y el latinoamericano (especulativo, cualitativo, ensayístico). El año pasado estuviste varios meses en Estados Unidos: ¿Cómo ves estas contradicciones? ¿Estamos de frente a dos “estilos científicos” o la diferencia es más profunda, o sea a niveles casi “paradigmáticos”?

RR: Sin negar lo que señalas y que me pareció muy bien planteado en tu libro, me parece que lo que encuentro no es tanto una oposición entre estilos científicos regionales (lo anglosajón de cara al latinoamericano), sino oposiciones entre modos de encarar el conocimiento y la propia práctica científica por comunidades disciplinarias o de intereses; en Latinoamérica, en México, en Argentina, hay comunidades que están muy cerca de lo empirista, cuantitativo, aséptico; y en Estados Unidos, por citar un ejemplo anglosajón, hay comunidades muy vinculadas a un trabajo más comprensivo de tipo cualitativo, abierto a la experimentación. Quizás, aunque es un tema muy complejo, lo que marcaría una diferencia mayor son las culturas académicas, ahí me parece que en el caso latinoamericano (con todas sus enormes diferencias), hay una marcada tendencia hacia una investigación más comprometida o “militante”. No soy experta en sociología del conocimiento, así que en buena medida esta balbuceante respuesta que intento formular, parte de una visión antropológica de los modos en que se produce el conocimiento. Por ello y tal vez como insinúa Ulrich Beck en  ¿Qué es la globalización? (Paidós, 1998), hoy los territorios –incluso los científicos-, son una idea transnacional junto con su escenificación, que se da y organiza de manera puntual en diversos lugares del mundo. Así, me parece que una estrategia productiva para comprender estas diferencias entre modos o estilos de producción de conocimiento, sea el de preguntarnos por las diversas “escenificaciones” en las que se expresan los discursos científicos.

 

Bonus tracks:

  • Tecnopolítica, Internet Y R-evoluciones. Sobre la centralidad de redes digitales en el #15m por Alcazan, Arnaumonty, Axebra, Quodlibetat, Simona Levi, Sunotissima, Takethesquare y Toret (PDF)
  • El texto de Beatriz Sarlo citado por Rossana Reguillo aparece en un libro que circuló poco porque fue publicado en México, pero que hoy, a la distancia, encuentro fundamental, se trata de Cultura y postpolítica. El Debate sobre la modernidad en América Latina, compilado por Néstor García Canclini (CONACULTA, México, 1995)