El fin de la escasez académica

 

 

La apertura al conocimiento ha sido uno de los mantras que han defendido distintas comunidades vinculadas al desarrollo de Internet. Ahí destacan las comunidades de software libre (que evolucionaron desde las comunidades hippies hasta comerse buena parte del mercado de telefonía móvil global con Android); desde ahí se expandió el germen de Creative Commons que ha crecido con fuerza beneficiando y promoviendo la defensa a la creatividad abierta; pasando por las ideas de Cherbourg sobre innovación abierta que ahora son casi norma en las prácticas de creación distribuida; pasando por movimiento más libertarios (colectivos y comunidades así como artistas y patrocinadores del saber colectivo). Quizá no con la misma velocidad, pero sí con igual fuerza esta epidemia del openness ha llegado hasta la academia. Esto es interesante, si se toma en cuenta la sabida capacidad de resistencia al cambio que gozan las instituciones educativas en casi todo el globo.

En una pista paralela a toda la discusión (génesis, vida y ocaso) sobre la Web 2.0, en los circuitos académicos ha ido creciendo la idea de apostar por modelos más abiertos para crear, remixar, distribuir y consumir el conocimiento (ver el famoso artículo Citation Advantage of Open Access Articles en PLoS). Es cierto, que aún quedan ‘años luz’ por avanzar, pero es todo un fenómeno lo que está ocurriendo.

 

¿Por qué es buena idea abrir el conocimiento?

Lo abierto ofrece mayor flexibilidad (más contextos y formatos para usar y combinar el conocimiento); acceso a un público mucho más diverso (así como mayor participación); posiblidad de feedback inmediato (open peer review); mayor visibilidad de la institución y su profesorado (MIT y Open University registran millones de visitas en sus portales de recursos abiertos); se favorece el aprendizaje informal y a lo largo de toda la vida (lifelong learning); permite esquemas de aprendizaje a la carta (P2P university favorece aprendizaje por contenidos y no por grados académicos); 1+1=3 (la combinación de saberes y disciplinas genera nuevos conocimientos, ver la experiencia europea de Internet Science). Los intangibles de la apertura son incontables y a veces inimaginables, nuestro libro Planeta Web 2.0 alcanzó 220,000 descargas y Aprendizaje Invisible ya superó las 15,000 en sus primeros 6 meses, además de haber sido traducido al finlandés! y a una infinidad de nuevos formatos).

 

Imagen: Spatialanalysis.co.uk

 

Muchos quisiéramos que la velocidad de transformación (y de adaptación) de las instituciones educativas frente a estos temas fuese más veloz (un eufemismo, para no hablar de la velocidad glacial con que se enfrentan al cambio). Sin embargo, los cambios profundos se cocinan a fuego lento: ello nos hace imaginar transformaciones más consistentes y de fondo. Indudablemente en algunos casos este cambio hacia lo abierto costará el recambio de una generación completa de académicos, docentes, centíficos y policy makers. Explicar y entender las consecuencia de los flujos abiertos del conocimiento es una tarea titánica pero que resulta clave para avanzar hacia la promoción y adopción de nuevos canales para distribuir y re-construir el conocimiento en red.

La región Iberoamericana, desde nuestra perspectiva (y a la luz de iniciativas globales como el Open CourseWare Consortium o al revisar los temas que analiza el claustro académico en directorios de journals de habla hispana tales como SciELO o Redalyc), está en el oscurantismo más absoluto. Simplemente este tema aún no adquiere la fuerza que necesita. Especialmente si se toma en cuenta lo que está ocurriendo en África, China o Japón (para no citar los típicos ejemplos de USA o UK).

Hace pocos días The Guardian publicaba un artículo al respecto, explicando que los académicos están cansados de la tiranía (monopólica, amigocrática e ineficiente) de una cantidad importante de journals científicos, que se resisten a poner sus artículos en acceso abierto (salvo honrosas excepciones). Este periódico británico hablaba de “la primavera académica” sugiriendo que existen evidencias de sobra para justificar que el número de citas, referencias, visibilidad e influencia que genera el acceso abierto no guarda relación alguna con la lógica de la escasez con que juegan los canales tradicionales de divulgación científica. Muchos académicos e investigadores ya conocen esta realidad y exigen un nuevo modelo.

Hace unas semanas Florencio Ceballos del IDRC nos decía, un TED Talk vale más que 100 papers. Creo que la ecuación se repite también con las imprentas del siglo XXI (Google Books, Slideshare, iTunesU, Wikipedia, YouTube, Twitter, etc.). Para avanzar no se necesita cerrar todos los journals ni las imprentas. Sólo se requiere avanzar hacia una innovación incremental (no necesariamente radical). Pero quienes gozan de las regalías de las suscripciones y el acceso por pago no están dispuestos a ceder ni un poco. Claro, con honrosas excepciones tal como JStore quien entendió el cambio de modelo y anunció en Technology Review, su giro hacia la apertura.

Recuerdo con nitidez cuando leí el post que Carlos Scolari escribió hace años en Digitalismo anunciando el nuevo libro de Anderson “Free” en el que caracterizaba los diferentes niveles de gratuidad y apertura. Eso es justamente lo que corresponde hacer ahora, dejar los –ismos de antaño y analizar con detalle la gama de matizes, licencias, canales de distribución que estimulan el intercambio, la generación de nuevas ciencias y de una educación más abierta. Si no es ahora en tiempos de crisis, entonces ¿cuándo?.

Esta semana estaremos en la Universidad de Cambridge, en la conferencia “Innovation and Impact – Openly Collaborating to Enhance Education” (del OCW Consortium’s Global Conference), presentando nuestro nuevo proyecto: OportUnidad que busca impulsar (con un modelo bottom up) el valor del “open access” en el mundo de la educación. Esta iniciativa, que desarrollamos en conjunto cuatro universidades europeas, trabajará con docentes de 60 universidades latinoamericanas, a fin de explicar y fomentar la importancia de cambiar hacia un paradigma más abierto. Seguimos convencidos, igual cómo lo dijimos en China hace 5 años, que el conocimiento abierto es la energía del siglo 21.

[* Este texto se publica originalmente en digitalismo en reconocimiento a la labor de difusión de la ciencia y el cambio de paradigma que promueven sus editores].