Sobre la privacidad, la intimidad y la amistad en la red

Sherry Turkle, en el conocido libro publicado en 1997 La vida en la pantalla, desarrolló importantes reflexiones acerca de la identidad en tiempos de Internet. Sostuvo que se habrían producido cambios significativos no solamente en las formas de enlazarse, sino también en las identidades, así como en las formas de pensar, de construir comunidad, incluso en la sexualidad. Carlos Scolari, a propósito de la publicación del libro en castellano en 1998, publicó un comentario crítico en el Interlink Headline News señalando que las identidades on-line, los MUD y las comunidades virtuales desarrolladas por Sherry Turkle correspondían a una versión descriptiva, propia de la psicología del self norteamericano, pero sin elaborar un pensamiento crítico sobre las ciberculturas.

Para Sherry Turkle, Internet no resultaba solamente una herramienta y tampoco un espejo, porque podía atravesarse al vivir en mundos virtuales, en los cuales se creaban personajes y se mantenían relaciones de amistad e íntimas, sin que mediase una relación física. Agregó que se habría producido una erosión de fronteras entre lo real y lo virtual, como entre el yo unitario y el múltiple, facilitada por la interacción social anónima. Las personas podían transitar por la red en cualquier momento, ingresando y retirándose si así lo deseaban, eligiendo desempeñar roles distintos, tanto en la pantalla como en la vida real. Este “juego” de identidades consistía en mostrarse como son, cómo quisieran ser, o cómo creen que los otros los aceptarían mejor.

Hace quince años la autora pensaba que la relación con la máquina permitía que las computadoras hagan cosas no para nosotros, sino con nosotros. Hoy en día estamos ante un nuevo modelo de comunicación donde lo que prima no es la relación con la máquina, sino la comunicación entre las personas, a través de la mediación tecnológica. No interesa la pantalla en sí, sino lo que allí ocurre. El juego de identidades adquiere otras características porque a través de las pantallas las personas se muestran e interactúan.

Su nuevo libro Alone Together. Why We expect more fron technology and less from each other (2012), ha despertado muchos comentarios. Para Alejandro Piscitelli, Turkle se habría transformado en una tecnofóbica, al criticar el carácter deshumanizante de la tecnología, porque nos aparta de vivir juntos y de hablar directamente. Turkle carga de valores positivos el sentido del diálogo y la conversación, mientras la conexión nos aleja de los compromisos de la amistad, perdiéndose la capacidad de estar solos, lo cual afecta nuestra identidad. Según Scolari trata de un discurso que añora el pasado y pretende un retorno a las viejas relaciones interpersonales.

No he leído el libro, solamente su discurso en TED. Allí, efectivamente sostiene que los cambios que las tecnologías producen en la psicología de las personas no solamente afectan lo que hacemos, sino cambian lo que somos. No sabemos más estar juntos, sino es en solitario. Agrega que en realidad estamos solos, sin ser capaces de tener intimidad con otros, mientras las tecnologías nos proporcionan la ilusión de la compañía. Apela finalmente a enseñar a nuestros hijos a no estar solos, a un retorno a las vidas reales, a nuestros cuerpos y comunidades. ¿Se trata de volver atrás o de recomponer nuestro modo de vivir juntos?

Sobre la intimidad y la privacidad, Paula Sibilia menciona que hoy en día los aspectos más simples, menos trascendentes, tradicionalmente parte de la vida privada, son exhibidos en la red y compartidos con otros. En su libro del 2008 La intimidad como espectáculo se pregunta sobre el valor que se le otorga en las redes sociales a lo banal, casual y cotidiano y si todo ello no tiene relación con la mediocridad propia y ajena, al hacer referencia a los modelos de enlace a través del correo electrónico, a las formas de conversación en el chat, a la mensajería instantánea y a las redes sociales, ventanas siempre abiertas que enlazan a miles de personas conectadas en cualquier lugar del mundo. Sibilia piensa que la subjetividad se ve afectada, así como los “modos de ser”, promoviéndose algunos, e inhibiéndose otros. La “gente común” alcanza a ser reconocida si muestra su vida diaria y señala detalladamente qué hizo al levantarse, con quién se encontró, qué comió, si hizo nuevos amigos, el inicio y el fin de sus amistades y relaciones de pareja. Agrega, que estos espacios de comunicación han sido capturados por el mercado, porque el llamado “show del yo” le resulta muy conveniente, motivo por el cual la creatividad de los jóvenes es festejada e instrumentalizada, así como reconvertida. Cada vez más se publicita la vida privada del adolescente, se promueve y exalta su visibilidad en un mundo de imágenes que los devora y donde las apariencias tienen un valor superior. Se trata de la espectacularización de la intimidad cotidiana, en la cual cada uno busca “salir bien en la foto”.

Los cambios en las relaciones entre lo público y lo privado son parte de la historia social. Desde la comunicación fueron explicados por Javier Echeverría en su importante libro Cosmopolitas Domésticos, en 1995. Se remitió para ello a la forma en que se estructuraron las viviendas con habitaciones privadas, como parte del proceso de desarrollo de la individualidad fomentada por las ciudades y los Estados, y como consolidación de la burguesía. La vida transcurría exclusivamente en la casa y luego en la escuela, y la socialización dependía de ambas. Los medios desbordaron el ámbito territorial, permitiendo enlaces y la interconexión con zonas lejanas, emergiendo un cosmopolitismo doméstico.

Para Echeverría, a través de la televisión irrumpe lo social y público en la vida privada, llegando al hogar la vida de los personajes políticos, los temas de la muerte, la violencia y la farándula. Posteriormente, la televisión incorporará los relatos privados de las personas, a través de los programas de conversación (talk shows y reality shows). Concluye caracterizando a la televisión como un referente, fuente de la memoria doméstica, como lo fueron antes las bibliotecas como representaciones impresas del pensamiento y la cultura universal. Esto ha venido cambiando porque desde el hogar y sus espacios privados se busca una audiencia para mostrar lo propio, en sociedades donde pareciera que no pueden esconderse los secretos, donde el anonimato pierde sentido y puede resultar incluso una pesadilla. Para Sibilia la soledad contemporánea podría explicar en parte la necesidad que tienen las personas de hacer pública su vida privada, de hacer públicas las apariencias y de esta necesidad impostergable de ser visto, sino no se existe.

Se advierte un uso frecuente e indistinto de los términos “privado” e “íntimo”, más allá de su real sentido. Hay, especialmente en las redes sociales, una confusión en relación a lo que significa compartir la intimidad o revelar la privacidad. Más aún, en particular entre los más jóvenes, especialmente niños y adolescentes, la “amistad” en la red puede llegar a tergiversar los sentidos sobre este vínculo. Los llamados “amigos” en la red, los cientos de “amigos” que comparten conversaciones, fotografías, videos, en realidad no comparten la intimidad de cada cual, solamente aspectos de la vida privada. Empero, a pesar de esta confusión, en las investigaciones realizadas, los jóvenes en general, sí diferencian unos amigos de otros y sostienen que los “verdaderos” son los íntimos.

Buscando estudios y definiciones al respecto, encuentro los debates que se han dado en el periodismo y también en la jurisprudencia sobre el derecho a la intimidad. En los medios masivos se ha banalizado el sentido de la intimidad, a través de los programas televisivos como los reality show , así como también en las revistas femeninas, los libros y folletos que proporcionan consejos para ser más sociable, mejor esposo o esposa, para ser una persona desinhibida, emprendedora y exitosa. En realidad lo que se muestra a través de conversaciones privadas telefónicas o narrando problemas de pareja, por ejemplo, es la vida privada de las personas, y no su intimidad.

A propósito de este tema me encontré con los escritos de José Luis Pardo quien sostiene que las definiciones sobre la intimidad han estado emparentadas sobre todo con el discurso jurídico en nombre del cual se lucra con el dolor y la sangre, se expone a los niños públicamente, se revelan conversaciones personales, es decir se comercializa con la vida privada. Allí colisionan dos derechos, el derecho a la información y el derecho a la intimidad. Para Pardo la definición de la intimidad no tiene que ver con enunciar sentimientos, sino con contar la vida, compartirla, palpar vivencias, sentirlas con aquel o aquellos con quienes se le puede disfrutar o compartir el pesar. Cuando la intimidad se divulga, llega a destruirse, deja de ser el vínculo que une a más de una persona. Por lo tanto, no se exhibe la intimidad, sino solamente lo privado. Graves confusiones se suscitan sobre el sentido de la amistad, cuando algunos creen que mientras más amplia la lista de amigos, mientras mayor es la divulgación de logros y experiencias, mayor es el reconocimiento público. ¿No se pierde a veces el sentido mismo de la amistad entre dos con estas abusivas muestras de la vida privada? Y regresando a Sherry Turkle, ¿la tecnología nos deshumaniza o a través de ella se construyen nuevas formas de comunicarnos para fines distintos?