Universidad y crisis (III): la clase magistral

Comencemos con dos breves historias universitarias…

Situación educativa N. 1: el profesor entra en el aula y se pone a hablar durante dos horas seguidas del tema del día. Para ilustrar su exposición proyecta unas transparencias mientras los alumnos, unos ochenta, toman nota minuciosamente de todo lo que dice. A excepción de la voz del profesor reina el silencio en el aula. Al final llega el turno de preguntas pero, después de dudar un rato, un par de alumnos no se animan a levantar la mano. Silencio final y despedida a cargo del profesor. Ya es hora de la pausa y no es cuestión de alargar demasiado la clase.

Situación educativa N. 2: un grupo de profesores alterna exposiciones, trabajos en clase y talleres interdisciplinarios en la enseñanza de una asignatura. Algunos días hay debates, otros días exponen los alumnos y, en alguna ocasión, los profesores también hacen una intervención no demasiado extensa de tipo magistral. No existen jerarquías internas entre los profesores: si bien uno es titular, otros son ayudantes y algunos jefes de trabajos prácticos (inclusive hay un ayudante alumno), todos hacen todo: corregir, planificar, atender alumnos, evaluarlos, etc. Es lo que se llama una “cátedra horizontal”.

Ahora llegó la hora de las adivinanzas: ¿Dónde y cuándo se desarrollaron las dos situaciones que acabo de contar?

La situación educativa N. 1 es la que encontré en las universidades italianas y españolas cuando me reintegré a la vida académica a finales de los 1990 e inicios del 2000, después de diez años de vida profesional en Ars Media y otras empresas del sector de la comunicación digital interactiva. A pesar de los grandes cambios que había vivido la sociedad europea la dinámica pedagógica de las universidades seguía anclada en la transmisión lineal del conocimiento que Paulo Freire había radicalmente criticado en los años 1960. Y aquí viene la sorpresa: la situación educativa N. 2 era la que vivíamos de manera cotidiana en la Universidad Nacional de Rosario a mediados de los años 1980. Saquen sus propias conclusiones.

Universidad en salsa boloñesa

El llamado Proceso de Bolonia desde 1999 orienta la convergencia de las universidades europeas. Muy criticado desde muchos sectores, el Proceso introdujo un soplo de aire fresco en esos claustros donde reinaba la clase magistral. El Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) implica, entre otras cosas, la instauración de nuevas metodologías docentes, en detrimento de las tradicionales clases magistrales:

  • Evaluación continua: seguimiento diario al trabajo personal del alumno mediante evaluaciones continuas. Para llevar a cabo la evaluación continua se proponen principalmente dos herramientas: el uso de todas las posibilidades que ofrece Internet y las nuevas tecnologías TIC y las tutorías personales.
  • Enseñanza práctica: intervención activa del alumno a través de ejercicios, trabajo en grupo, prácticas profesionales, etc.

Se podrán criticar muchos aspectos del Proceso de Bolonia y de su implementación en España pero es indudable que, desde un punto de vista pedagógico, abrió la puerta a nuevas experiencias de creación y distribución del conocimiento dentro de las aulas universitarias. Si en la Europa anglosajona y nórdica estas prácticas educativas son habituales desde hace décadas, las universidades mediterráneas (Italia, Francia, España, etc.) siguen en gran medida ancladas en modelos medievales de transmisión del saber. Gracias a Bolonia en estos últimos años ha comenzado a notarse el cambio en las dinámicas dentro del aula: los profesores hablan menos, se trabaja más en grupos y por proyectos. Si bien no resulta fácil cambiar un modo de funcionamiento que se aplica desde hace varios siglos, soy medianamente optimista respecto al aggiornamento pedagógico de las universidades españolas.

Enseñar a los nativos digitales

En su libro Teaching Digital Natives: Partnering for Real Learnings Marc Prensky sostiene la necesidad de erradicar totalmente la clase magistral en favor de una pedagogía de la asociación (partnering) donde los flujos comunicativos del proceso educativo circulen en todas direcciones. Prensky -pensando sobre todo en la educación primaria y secundaria- apuesta por un nuevo rol del docente -cercano al de un coordinador- dentro de un proceso donde los estudiantes asumen un papel de mayor responsabilidad.

La pedagogía de Prensky está fundada en la elaboración de preguntas reales y no simplemente pertinentes. Me explico: los profesores creamos planes de estudio y recorridos de aprendizaje a partir de lo que nosotros consideramos que los estudiantes deben saber (o sea, lo que consideramos pertinente). Según Prensky se trataría de generar preguntas reales, ancladas en el mundo cotidiano de los estudiantes y que tengan un impacto en el mismo. O sea, preguntas que permitan cambiar ese mundo.

Los planteos de Prensky son muy interesantes pero en ciertas situaciones concretas pueden ser difíciles de aplicar, por ejemplo en aulas universitarias donde un único profesor debe trabajar con grupos de 100 o más estudiantes (algo cotidiano en la mayoría de las universidades españolas, sobre todo en carreras muy populares como las de comunicación). Por mi parte -tengo dos asignaturas de unos 90 alumnos cada una- he tratado de llegar a un compromiso y reducir las clases magistrales a un puñado de intervenciones a lo largo del curso (unas cinco o seis). A diferencia de otras realidades como la argentina, donde las cátedras están formadas por varios profesores, en España por lo general cada curso tiene un único profesor. A pesar de estas adaptaciones muchos aspectos pedagógicos indicados por Prensky -como el pasaje de los pertinente a lo real- son gran utilidad para el trabajo universitario.

¿Tiene futuro la clase magistral?

Podemos intentar responder a esta pregunta desde la lógica de los medios de comunicación. Hay momentos en que nos gusta ver televisión tranquilos, tirados en el sofá al estilo Homer Simpson, y hay otros en que queremos interacción y nos sumergimos en el mundo inmersivo de un videojuego. Se trata de dos experiencias diferentes que, cada una a su manera, nos generan un cierto grado de satisfacción. La tendencia es que, gracias a las segundas pantallas (ver mi post en Hipermediaciones) ambas experiencias pueden convivir y complementarse entre sí. Estamos asistiendo a experiencias mixtas y simultáneas de broadcasting e interacción.

¿Por qué no pensar en formatos similares dentro del aula? La vieja clase magistral podría sobrevivir ocupando un nicho muy específico de la ecología educativa, potenciada por las segundas pantallas que ya proliferan dentro del aula y aumentada gracias a la prolongación en las redes. Dicho en otras palabras: más que una desaparición de la clase magistral podemos imaginar una evolución de la misma: clases magistrales más breves (estilo las conferencias TED) a cargo de estudiantes y profesores que, gracias a las segundas pantallas, se convierten en experiencias interactivas y expandidas que van mucho más allá de la simple transmisión lineal del conocimiento de base medieval.

Bonus tracks
- Universidad y crisis (II) La long tail educativa
- Universidad y crisis (I) El orden del discurso
- Hacia la universidad móvil